martes, 28 de septiembre de 2010

ELOGIO DE LA BIBLIA

ELOGIO DE LA BIBLIA (o VIGENCIA DE LA BIBLIA)
La Biblia es el libro religioso más antiguo del mundo y el más difundido de la historia. De hecho, se calcula que se han producido unos 4.800 millones de ejemplares, de modo que más del 90% de la población mundial lo tiene a su alcance. Para hacer una comparación, no más en el 2.007 se editaron 64.600.000 biblias en todo el mundo, mientras que la novela más vendida ese año en Estados Unidos tuvo una tirada inicial de 12.000.000 de ejemplares. Cada semana se distribuye un promedio de más de un millón de ejemplares . En la lista de best sellers (libros más vendidos) de las librerías, siempre aparece en primer lugar, por lo que ya ni se menciona; está, por decirlo así, fuera de concurso. Se halla traducido, en todo o en parte, a más de 2.300 idiomas. No hay duda de que es un libro sin igual!
En cuanto a traducciones , tenemos algunos casos antiguos y notables. Por ejemplo, el de John Wyclef, nacido en Inglaterra hacia el año 1.330. Aunque en aquella época los servicios religiosos se oficiaban en latín, la mayoría de la gente no dominaba esta lengua. El idioma que solían utilizar, tanto en sus conversaciones diarias como en sus oraciones, era el inglés. Como sacerdote católico que era, John Wyclef hablaba latín con fluidez. No obstante, no le parecía bien utilizarlo para enseñar las Escrituras, pues lo consideraba el idioma de las clases más favorecidas. “La ley divina – escribió- ha de enseñarse en la lengua más comprensible, ya que lo que se está enseñando es la Palabra de Dios.” Así pues, decidió crear un equipo con sus colaboradores para traducir la Biblia al inglés, trabajo que les tomaría unos veinte años. Aproximadamente en 1.382, poco antes de la muerte de Wyclef, se presentó la primera versión en inglés, de la Biblia entera, Y unos diez años después, uno de sus colaboradores publicó una versión revisada y más fácil de leer. Dado que la imprenta aún no se había inventado, todos y cada uno de los ejemplares debían copiarse a mano, lo cual podía suponer hasta diez meses de meticuloso trabajo.
A pesar de que cierto arzobispo amenazó con excomulgar a quien la leyera, y de que cuarenta años después de que Wyclef falleciera un concilio papal ordenó exhumar sus restos, quemarlos y esparcir sus cenizas por el rio Swift, quienes tenían sed de la verdad siguieron tratando de conseguir ejemplares de la Biblia de Wyclef. El profesor William M. Blackburn explica que, como resultado, esta traducción “se produjo en grandes cantidades, se distribuyó ampliamente y se fue pasando de generación en generación.”
Dos siglos después, el idioma inglés había evolucionado tanto que ya muy poca gente comprendía la Biblia de Wyclef. Esta situación frustraba mucho a un joven predicador llamado William Tyndale, que vivía cerca de Bristol (Inglaterra). En cierta ocasión, Tyndale habló de esta cuestión con un hombre de elevada cultura, quien llegó a decirle que era mejor estar sin la ley de Dios que sin la ley del papa. Tyndale replicó que, con la ayuda de Dios, en poco tiempo lograría que hasta el muchacho que lleva el arado –es decir, hasta el más humilde campesino- comprendiera la Biblia mejor que aquel erudito. Posteriormente, Tyndale se mudó a Alemania, y en 1542 comenzó a traducir las Escrituras. A diferencia de la Biblia de Wyclef _traducida a partir de la Vulgata latina y copiada a mano-, la versión de Tyndale se tradujo del hebreo y del griego y se copió con la ayuda de una imprenta, en la ciudad de Colonia. Pero sus enemigos no tardaron en enterarse de la labor que Tyndale estaba realizando, y poco después convencieron al Senado de Colonia para que ordenara confiscar todos los ejemplares de su Biblia. Tyndale huyó a la ciudad alemana de Worms, y allí retomó su trabajo. Enseguida comenzaron a llegar a Inglaterra, de forma clandestina, numerosos ejemplares de las Escrituras Griegas en inglés. Se vendieron tantos que, seis meses después, los obispos convocaron una reunión de emergencia y ordenaron quemar todas las Biblias de Tyndale. El obispo de Londres quería poner fin a la “herejía” de Tyndale e impedir que la gente siguiera leyendo la Biblia. Por ello, encargó al político inglés Tomás Moro que publicara unas duras críticas en contra de Tyndale. Tomás Moro fomentó la quema de “herejes”, lo que llevó a que, en Octubre de 1.536, Tyndale fuera estrangulado y su cuerpo quemado en la hoguera. Moro, por cierto , fue posteriormente decapitado al perder el favor del rey. Sin embargo, en 1.935 la Iglesia Católica lo canonizó, y en el año 2.000, el papa Juan Pablo II lo nombró santo patrono de los políticos. Tyndale, por su parte, no recibió tantos honores. No obstante, antes de su muerte, su amigo Miles Coverdale recopiló las diversas partes de su traducción en una Biblia completa, y así dio lugar a la primera versión en inglés traducida a partir de los idiomas originales. Por fin se había cumplido el sueño de Tyndale: hasta el más humilde campesino podía leer la Palabra de Dios y entenderla.
Pero, ¿qué se puede decir sobre la traducción de la Biblia a otros idiomas? En 1.807, haciendo caso omiso de los consejos de sus familiares y amigos, el misionero británico Robert Morrison se embarcó hacia el Lejano Oriente con la firme decisión de traducir la Biblia al chino. Pero no sería una tarea sencilla. De hecho, Charles Grant –el entonces presidente de la Compañía de las Indias Orientales- aseguró que era “una misión prácticamente imposible”. Al llegar a China, Morrison se enteró de que allí estaba prohibido, bajo pena de muerte, enseñar el idioma a los extranjeros. Así que por su propia seguridad y la de quienes accedieron a darle clases, decidió permanecer en su casa durante un tiempo. Según cierta obra, “dos años después ya sabía mandarín y al menos dos dialectos, y dominaba la lectura y escritura” de los caracteres chinos. Mientras tanto, el emperador emitió un edicto decretando la pena capital para quienes imprimieran publicaciones cristianas. Pese a esta amenaza, el 25 de noviembre de 1.819, Morrison terminó su traducción de la Biblia al chino. Para el año 1.836 ya se habían impreso unos 2.000 ejemplares de la Biblia completa, 10.000 de las Escrituras Griegas y 31.000 porciones sueltas. Como vemos, el amor a la Palabra de Dios había hecho posible lo que parecía “una misión prácticamente imposible.”
En febrero de 1.812, con apenas dos semanas de casados, Adoniram y Ann Judson emprendieron un largo viaje por mar que los llevaría hasta Birmania (hoy Myanmar), donde se establecieron en 1.813. En cuanto llegaron, estos misioneros norteamericanos se concentraron en aprender birmano, uno de los idiomas más complejos del mundo. Varios años después, Judson escribió: “Estudiamos una lengua que hablan personas del otro extremo del planeta, cuya forma de pensar es muy diferente a la nuestra, […] y no tenemos ni un diccionario ni un intérprete que nos explique una sola palabra.” Pero Judson no se dejó desanimar por estos inconvenientes y, en junio de 1.823, logró terminar su traducción de las Escrituras Griegas Cristianas. Sin embargo, iba a tener que enfrentarse a dificultades mucho mayores. Porque más tarde, el país se sumió en una guerra, y Judson fue enviado a prisión acusado de espionaje. Allí le colocaron tres pares de grilletes y lo inmovilizaron atándolo a un gran poste. ¿Qué ocurrió después? En un libro sobre la vida de Judson, escrito por Francis Wayland en 1.853, se explica:”Cuando […] le permitieron ver a su esposa y hablar con ella en inglés, una de las primeras cosas que quiso saber fue qué había pasado con el manuscrito de su traducción del Nuevo Testamento.” Para evitar que se estropeara debido a la humedad y el moho que había bajo la casa –donde lo tenían enterrado- , Ann lo había escondido dentro de una almohada y se lo llevó a su marido. A pesar de las malas condiciones, aquel valioso documento logró sobrevivir. Muchos mese después, Judson fue puesto en libertad. Pero su alegría no duró mucho, pues ese mismo año, tras varias semanas de sufrir unas altísimas fiebres, su esposa falleció. Solo habían pasado seis meses cuando también perdió a su hija María, de apenas dos años de edad, debido a una enfermedad incurable. Aunque estaba destrozado, Judson continuó con su labor. Finalmente , en 1.835, su traducción de la Biblia al birmano quedó terminada.

Pero si del elogio de la Biblia se trata, no es posible dejar de mencionar el discurso académico pronunciado por Juán Donoso Cortés al ingresar el 16 de abril de 1.848, como miembro de número de la Real Academia Española de la Lengua. Fue él, nacido en 1.809 y muerto en 1.853, notable ensayista y filósofo católico, diplomático español, embajador en Berlín y en París. Y es notable que tan sobresaliente elogio del libro sagrado, hecho , claro está, con un enfoque literario, y con un estilo de gran entonación oratoria y dentro de la ideología religiosa católica, se hubiera hecho cuando todavía se tenían reservas sobre la difusión y lectura de la Biblia, y con cerca de cien años de anticipación al holocausto nazi contra el pueblo judío. He aquí cómo inició su discurso Juan Donoso Cortés: “Señores: Llamado por vuestra elección a llenar el vacío que ha dejado en esta Academia un varón ilustre por su doctrina, célebre por la agudeza y la fecundidad de su ingenio, y por su literatura y su ciencia merecedor de eterna y esclarecida memoria, ¿qué podría decir que sea digno de escritor tan eminente y de esta nobilísima asamblea quien como yo es pobre de fama y escaso de ingenio? Puesto en caso tan grave, me ha parecido conveniente escoger para tema de mi discurso un asunto subidísimo que, cautivando vuestra atención, os fuerce a apartar de mí vuestros ojos, para ponerlos en su grande majestad y en su sublime alteza. “Hay un libro, tesoro de un pueblo que es hoy fábula y ludibrio de la tierra, y que fue en tiempos pasados estrella del Oriente, adonde han ido a beber su divina inspiración todos los grandes poetas de las regiones occidentales del mundo y en el cual han aprendido el secreto de levantar los corazones y de arrebatar las almas con sobrehumanas y misteriosas armonías. Este libro es la Biblia, el libro por excelencia. En él aprendió Petrarca a modular sus gemidos; en él vio Dante sus terroríficas visiones; de aquella fragua encendida sacó el poeta de Sorrento los espléndidos resplandores de sus cantos. Sin él, Milton no hubiera sorprendido a la mujer en su primera flaqueza, al hombre en su primera culpa, a Luzbel en su primera conquista, a Dios en su primer ceño; ni hubiera podido decir a las gentes la tragedia del paraíso, ni cantar con canto de dolor la mala ventura y triste hado del humano linaje. Y para hablar de nuestra España, ¿quién enseñó al maestro Fray Luis de León a ser sencillamente sublime? ¿De quién aprendió Herrera su entonación alta, imperiosa y robusta? ¿Quién inspiraba a Rioja aquellas lúgubres lamentaciones, llenas de pompa y majestad y henchidas de tristeza, que dejaba caer sobre los campos marchitos y sobre los mustios collados, y sobre las ruinas de los imperios, como un paño de luto? ¿En cuál escuela aprendió Calderón a remontarse a las eternas moradas sobre las plumas de los vientos? ¿Quién puso delante de los ojos de nuestros grandes escritores místicos los obscuros abismos del corazón humano? ¿Quién puso en sus labios aquellas santas armonías y aquella vigorosa elocuencia, y aquellas tremendas imprecaciones, y aquellas fatídicas amenazas, y aquellos arranques sublimes, y aquellos suavísimos acentos de encendida caridad y de castísimo amor, con que unas veces ponían espanto en la conciencia de los pecadores, y otras levantaban hasta el arrobamiento las limpias almas de los justos? Suprimid la Biblia con la imaginación, y habréis suprimido la bella, la grande literatura española, o la habréis despojado al menos de sus destellos más sublimes, de sus más espléndidos atavíos, de sus soberbias pompas y de sus santas magnificencias.”… Luégo sigue haciendo, Donoso Cortés, un análisis de tres sentimientos poéticos por excelencia que él considera hay en el hombre y se encuentran en este libro : el amor a Dios, el amor a la mujer y el amor a la patria; el sentimiento religioso, el humano y el político. Y sigue haciendo una elocuente comparación de la historia y dramas bíblicos con grandes tragedias de la literatura griega e historia de otros pueblos de la antigüedad. ….¡ Lástima grande que haya caído casi en el olvido tan magnífica pieza elogiosa del “Libro de los libros”!

lunes, 27 de septiembre de 2010

Elogio de la mínima hoja de papel

Según se dice los chinos fueron los que inventaron el papel, por ahí 50 años antes de la era común. No estamos hablando de la escritura que data de tiempos prehistóricos y que se hizo sobre piedras, muros y cualquier cosa que el hombre primitivo encontró útil para tal fin. Luégo en occidente se comenzó su fabricación a partir de pulpa de madera, etc. Pero muchas veces usamos el palel suave, liviano y perdurable de la actualiddad sin recordar su historia. No es lo que queremos ahora traer a cuento. Lo que queremos hacer es el "elogio de la mínima hoja de papel". Esa pequeña hoja cortada y pegada formando una libretica, o cuialquier pedazo que en un momento dado sirve para el apunte rápido de una dirección, un teléfono, un recibo de un dinero que entregamos, una idea, cualquier dato, en fin, que sea de nuestro interés. Ese papel o papelito, si así se quiere llamar, junto con un lápiz (ahora se llama "esfero") son las herramientas más útiles conocidas e indispensables para toda persona responsable, sea profesional, vendedor, periodista, hombre de negocios, etc. Quien no lleve en su cartera, bolsillo o portafolio una libreta y lápiz puede verse en un aprieto, pero recurrirá a un pedazo de papel que encuentre, así sea el extremo u orillo en blanco de la hoja de un periódico, o la servilleta de papel del restaurante donde está almorzando (aunque esto puede ser peligroso...,, si se deja en la mesa como caso reciente en Colombia lo confirma). Pero esa mínima hoja de papel de que ahora tratamos, es las que emplea el médico que nos extiende la fórmula del medicamento que necesitamos, o la órden para los exámenes necesarios para un diagnóstico; es la hoja de un talonario de recibos, de un comprobante de caja menor, o un recibito de la compra que la muchacha del servicio hace en la tienda de la esquina. O la pequeña tira de la registradora por lacompra en el supermercado. Es fácil olvidar lo maravillosa y útil que es y ha sido la "mínima hoja de papel" que aquí elogiamos y con la cual ya no quedamos en deuda.